Cuarenta documentos pesan menos que tres correctos.
Cuando un comercio nos entrega un caso, la reacción natural es mandar todo lo que haya: correos, capturas de pantalla, notas internas, conversaciones sueltas. La intención es buena y el resultado suele ser malo.
Quien revisa la disputa del otro lado no va a leer cuarenta archivos buscando el argumento. Necesita ver, rápido y sin interpretar, que el cliente autorizó la compra, que entendió qué estaba comprando y que recibió lo que pagó.
Por eso clasificamos cada pieza de evidencia según lo que realmente demuestra. Un contrato firmado, una autenticación del banco al momento de pagar o una grabación del consentimiento sostienen un caso por sí solos. Una captura sin contexto o una nota interna no sostienen nada, y de más le quitan claridad al expediente.
Armamos la respuesta con lo que prueba hechos, no con lo que llena páginas.