El cliente sí compró. No supo quién le cobró.
Una parte de los contracargos no empieza con una queja: empieza con un cliente revisando su estado de cuenta y viendo un nombre que no reconoce.
Compró en su cafetería, pero en el banco aparece la razón social completa, o el nombre del agregador de pagos, o una abreviatura que no se parece a su letrero. No recuerda haber comprado ahí, marca al banco, y el proceso arranca solo.
Para el comercio es de las pérdidas más frustrantes: la venta fue legítima, el cliente quedó conforme, y aun así hay que armar un expediente y responder dentro del plazo.
Es también de las cosas más baratas de prevenir: revisar con su banco o su terminal qué texto le llega al tarjetahabiente, y dejar ahí el nombre con el que sus clientes lo conocen.